Solo eran murmullos los que llegaban a sus oídos. Un par de encuentros casuales y una aparente o comprobada atracción apareció de la nada.
Esta no era la primera vez que le ocurría; en alguna ocasión, se había aventurado a observar, solamente observar, a otras personas. Pero esta vez decidió ir más allá, total nunca había encontrado nada espeluznante.
Curiosa por lo desconocido, libre y deseosa de permitirse disfrutar el hecho de estar viva, dejó correr su encantadora pasión hasta dónde ésta quisiera llevarla.
Expectante acudió a su encuentro. Cómplices, él y ella mojaron sus labios con un exquisito beso, al margen de cualquier realidad y de cualquier tercero.
Mientras que el viento mecía fuertemente las copas de los árboles y al ritmo de la llovizna, juguetearon gustosos, con la “tranquila premura” de querer devorarse por completo. Nada los detendría…
No fue así.
Las horas pasaron y el momento justo… también. Era hora de regresar. Fue perfecto.
Ella siempre aparentaba que le era sencillo poner los pies sobre la tierra, su reto se centraba en lograr despegarlos un poco de ahí, creía. Y él era eso: su escape, su fuga, su sueño. Él despertaba la hedonista que vive o estaba muriendo en ella; él era solamente eso, al menos por ahora.
Ese primer y último día tuvo un final feliz. Con besos y caricias consumadas, los dos amantes devastados por sus inicuas circunstancias fueron felices, siendo víctimas el uno del otro.
Solamente quedaba en ella el extraño resabio de haber tropezado con una persona que le resultó especial.

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